Algunos padres utilizamos enseñanzas que lentamente han perdido su significado original y toman un significado negativo. Los medios de comunicación y la cultura actual, han modificado nuestra cosmovisión y hoy podemos creer que el cuidado, la protección y la vigilancia de nuestros hijos  y adolescentes son equivalentes a control y dominio. Así, los padres hemos dejado tareas que nos corresponden: creyendo que los respetamos.

Que un niño haya aprendido a caminar no significa que ya pueda recorrer el Seaword a pie. Incluso que pueda andar solo en colectivo no le brinda las capacidades de moverse solo a cualquier hora del día o  noche. Los seres humanos estamos preparados física e intelectualmente para hacer cosas antes de estar realmente capacitados para ellas. La madurez emocional lleva mucho más tiempo. Durante la infancia de nuestros hijos, y sin siquiera pensar en ello, sostenemos y vigilamos esas habilidades a medida que se van adquiriendo; por ejemplo, llevamos al niño de un año en una sillita de paseo por la calle aunque ya sepa caminar, hasta que paulatinamente a los tres años archivamos la silla de caminar.

Pero este proceso natural se complica con la llegada de la adolescencia: ellos parecen grandes, en realidad se ven grandes, y pretenden convencernos por todos los medios de que ya lo son.

Françoise Dolto, psicoanalista francesa, en su libro “Palabras para adolescentes”, dice que ellos son como la langosta durante el cambio de caparazón: ” Es como un segundo nacimiento que se realizaría progresivamente. Hay que quitar la protección familiar… Quitar la infancia, hacer desaparecer el niño que hay en nosotros… Y va rápido, a veces muy rápido… y uno no siempre está listo. Es un momento en que el ser humano es muy frágil y vulnerable y, paradójicamente, muchas veces se siente muy fuerte. Cuando las langostas cambian de caparazón pierden primero el viejo y quedan sin defensa por un tiempo hasta fabricar el nuevo. Y fabricar un nuevo caparazón cuesta tantas lágrimas y sudores…”

Es en esta etapa que los chicos hacen juntos cosas que no harían estando solos: la presencia cercana y protectora de los padres les impide, o por lo menos les hace más difícil, transgredir normas durante ese período crítico de adaptación y construcción de un nuevo caparazón adulto que los acompañará por el resto de sus vidas.

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